Familia de M.Hernández

Miguel Hernández nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. Fue pastor de cabras, lo mismo que su padre, pero debido a sus grandes inquietudes literarias las horas de pastoreo las dedicaba a las lecturas de los clásicos.

Apenas asistió a la escuela y pronto se le incorporó de nuevo a la tarea de cuidar el rebaño familiar. Su padre, hombre muy rudo, no simpatizaba en absoluto de las aficiones literarias del hijo. Le acusaba de perezoso, de inútil y Dios sabe de cuantas cosas más. Pero no seamos demasiado crueles con ese hombre que era víctima del analfabetismo a que estaban destinados en esos tiempos los trabajadores de determinadas esferas sociales.

Esto hoy no sucede, porque la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, considerándose un delito dedicarse a trabajar antes de haber cumplido esa edad.

Hacia 1925 comienza Miguel a escribir sus primeros poemas inspirados en su entorno: la huerta, el patio, las cabras... el joven adolescente va desgranando sus primeros poemas a escondidas de su padre que suele molestarse mucho por estas “veleidades” de su hijo. Incluso podemos suponer que se avergonzaba.

Y como colofón de esta pequeña parte de los inicios en la Poesía del genial Miguel Hernández dejo este poema que es un clamor en sí.

EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Miguel Hernández, 1937