Miguel Hernández nace un 10 de octubre de 1910. Su padre era un tratante de ganado y esto hace que en su niñez y primera juventud se dedique a pastorear por la sierra de Orihuela un pequeño hato de cabras. Pero este niño dedica sus horas a contemplar cuanto le rodea: la naturaleza y sus misterios, la luna y las estrellas, las hierbas y sus propiedades, los ritos de los animales y su fecundación. Su vida está, a tan corta edad, por entero dedicada a las tareas relacionadas con el ordeño de las cabras y el reparto de la leche. Durante un pequeño lapso de tiempo acude a una escuela católica donde aprende los rudimentos propios de los hijos de las clases menos favorecidas.
Además como Orihuela es un pueblo muy religioso y Miguel, muy aficionado a la lectura, tiene la oportunidad de leer a grandes clásicos gracias al sacerdote de su parroquia, lo cual interferirá en la relación con su padre que no ve en absoluto con buenos ojos las aficiones literarias del joven.
Pero es muy corto el periodo de estudios, ya que con quince años debe volver con las cabras, aunque para entonces ya lleva consigo libros de Gabriel y Galán, Miró, Rubén Darío, Zorrilla, que son, para su espíritu sediento de saber, el origen que germina en pequeñas composiciones poéticas que ya comienza a escribir a la sombra de los árboles y en medio de la naturaleza.
Asimismo entra en contacto con los Hermanos Sijé y Fenoll, cuya panadería se convierte en tertulia del aquel incipiente grupo de futuros literatos.
Ramón Sijé es el que más influye y orienta en sus lecturas. Le aconseja los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta en su actividad creadora.
Cuando Miguel Hernández llega a Madrid tiene 20 años y además de llevar una colección de poemas, ya ha colaborado en alguna publicación literaria en su Orihuela natal.
Publica su primer poemario “Perito en lunas” en 1933.
Conoce a Federico García Lorca, hecho éste que le causa honda impresión, pero nos consta que no fue reciproca aquella admiración. Lorca era un hombre muy refinado, un dandi, y para él, el oriolano resultaba muy rudo, aunque reconociera su talento, pero no era de su agrado asistir a eventos en los que pudieran encontrarse. En contraposición Miguel admiraba incondicionalmente al poeta granadino. Siente su asesinato como la gran tragedia que le hace escribir una sentida y hermosa elegía:
Fragmento de la elegía a FGL:
Tú, el más firme edificio, destruido,
Tú, el gavilán más alto, desplomado,
Tú, el más grande rugido,
Callado, y más callado, y más callado.
La poesía de Miguel tiene un sentimiento muy hondo, prueba de ello son los poemas que escribe cuando muere su pequeño y anhelado hijo. Sólo los títulos ya estremecen:
“Era un hoyo no muy hondo”,
Pero la casa no es,
no puede ser, otra cosa
que un ataúd con ventanas,
con puertas hacia la aurora;
golondrinas fuera, y dentro
arcos que se desmoronan.
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“El cementerio está cerca”,
De aquí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos, y los muertos.
Cuatro pasos, y los vivos
Se adivina en toda su trayectoria intelectual el conflicto interior que sufre. Su padre no aceptó jamás los derroteros que tomó la vida de su hijo. Por otra parte, su novia, Josefina, no puede seguirle. Hija de un guardia civil y muy católica, no hubiese estado bien visto en aquellos años que marchase tras el novio sin las bendiciones de la Iglesia.
Miguel conoce a Maruja Mallo, una pintora gallega, y vive con ella una tormentosa pasión. Tanto que llega a proponer a Josefina una separación. Debió de ser algo tremendo, porque los hombres de aquel tiempo tenían muy bien definida una línea entre “las bajas pasiones”, a las que ellos podían entregarse por su condición de “hombres”, y el amor “limpio y casto” de una doncella inmaculada que va a ser la madre de sus hijos. El caso es que Maruja ya había tenido idilios con gran parte de los poetas de la generación del 27, incluso con ¡Lorca! Y con Alberti, o sea que para los tiempos que corrían no era ella una mujer muy convencional.





